Zumbados

Es probable que a estas alturas ya lo intuyan, pero soy más de biblioteca que de gimnasio. Por la biblio me verán prácticamente todas las semanas. En cambio, la última vez que estuve apuntada a algo parecido a un gimnasio me preparaba para el parto. Como sólo atendí a este tipo de actividad durante mi primer embarazo y mi hijo mayor acaba de cumplir siete años, pueden echar ustedes mismos las cuentas.

Ahora bien, soy una mujer de impulsos, y la semana pasada tomé la repentina decisión de apuntarme al gym. 

—-¿En este gimnasio he estado yo apuntada? ¿Está usted segura?

—-Sí, señora, segurísima. Mire, mire —-me indica una amable jovencita al tiempo que gira la pantalla del ordenador desde el mostrador y me muestra una foto carné monísima de mi yo veinteañero.

Sigo sin recordar. Pienso que aquello debió de ser fruto de una enajenación mental transitoria, probablemente inspirada al ver, por enésima vez Flashdance, Fama o Dirty Dancing.

 —¿Me prestaría usted un horario de actividades, por favor?

La joven me entrega un folleto. Lo despliego y bizqueo al leer la oferta: Total Hit, Body Pump, Full Body Cicle, Culo 10, Sprint 30, D-Move, Cardio Express, Body Combat, Total Body, Entrenamiento Funcional, Box Gym, y un largo etcétera. Menos mal que el horario incorpora una leyenda para facilitar su comprensión. Rojo: intensidad fuerte;  amarillo: intensidad moderada; blanco: intensidad leve.

Levanto la mirada del tríptico y miro a mi alrededor. Ahora me acuerdo. El mostrador estaba en el mismo lugar. Puede que hasta los tornos de la entrada. Todo lo demás ha cambiado. Sin duda. Empezando por las propias actividades. Me acuerdo que antes podías escoger entre tres ó cuatro tipo de clases: aerobic, steps, estiramientos o aquagym. También había menos gente. Lo que más me llama la atención, sin embargo, es la ropa. ¿No iba antes la gente en chándal al gimnasio? Sólo sé que me alegra no haber encontrado el mío. En mis mallas de algodón paso más o menos desapercibida.

—Apúntese a Zumba, es divertidísimo —me recomienda la amable señorita al percibir mi confusión.

Le hago caso, y lo cierto es que mi primera clase merece ser la protagonista de este relato. Sin embargo, no pienso escribir sobre ello. No es que me dé vergüenza. Mi sentido del ridículo es escaso, por no decir nulo. Tampoco es que quiera justificarme, aunque a mí nadie me advirtió de las multitudes. Ni de los codazos. Ni de los peligros de ponerme en la primera fila. Ni siquiera del dress code. Nadie me dijo que no puedes ir a Zumba con un botellín de agua de la patrulla canina. Tampoco me alertaron de la calidad de la música. Mucho menos de la profundidad de las letras. Ni del festival de hormonas revoloteando alrededor de un profesor algo más que mazas.

Digamos que hay gimnasios dignos de aparecer en un relato: competitivos, como en Karate Kid, decadentes, como en Million Dollar Baby, inspiradores, como en Fama. También hay personajes, historias y bailes dignos de aparecer en la gran pantalla. Prueba de ello son West Side Story, Cantando bajo la Lluvia, Fiebre del Sábado Noche, Grease, Chicago o La la land. Así que créanme por favor si les digo que si no escribo sobre Zumba no es por una cuestión de ridículo. Sencillamente, es por una cuestión de dignidad.

 

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