Jarabo

Mi nombre es José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Morris. Mi madre me llamaba Cuqui. Mis amigos Chema. En el colegio era de la Cruz, y de adulto me llamaron Morris. Pero pasaré a la historia como Jarabo. Escribo estas líneas mientras me fumo uno de los puros que Eugenio Suárez, director del semanario ‘El Caso’ me ha enviado a la cárcel. Es su forma de agradecerme la mayor tirada de su historia: nada menos que 480.000 ejemplares. No hay duda: los crímenes de la alta sociedad son los que más venden y yo los maté un idílico fin de semana de julio.

Todo empezó cuando mi novia Beryl me pidió la joya que hacía pocas semanas habíamos empeñado por 250 pesetas. Al principio los usureros me pidieron 1.000 pesetas. Accedí a lo que fuera con tal de recuperar la joya, pero los hijos de puta me pidieron además una carta para justificar la autenticidad de la misma. Mi error fue darles la carta. El error de Félix y Emilio, los socios de la joyería, no devolvérmela, además de engrosar el importe a 9.000. ¿Se habían vuelto locos? No más que yo.

El viernes 19 de julio, a eso de las 9 de la noche me planté en casa de Don Emilio decidido a recuperar la carta y el brillante.  El cabrón me dijo que no los tenía, que fuese a la tienda el lunes. Le disparé en la nuca. Nadie se la juega a Morris. La pobre asistenta vino corriendo al oír el tiro así que la tuve que matar también. No quise armar más ruido. Con ella forcejeamos hasta la cocina, donde la apuñalé con el mismo cuchillo con el que minutos antes ella pelaba las judías. Me disponía a salir y a seguir con mi vida pero entonces llegó la mujer de Don Emilio. Al principio le pude engañar diciéndole que era un inspector de Hacienda y que su marido me había invitado a pasar, pero no tardó en darse cuenta de que mis zapatos estaban manchados de sangre. La acorralé en el cuarto y tras pedirle perdón la maté.

Decidí quedarme esa noche en la casa. En parte para buscar la carta y en parte para no levantar las sospechas del sereno. Borré mis huellas, me llevé algunas cosas para simular un robo. Luego me fui. Lo más sensato habría sido ir a buscar la sortija a la tienda, pero ese sábado preferí salir a divertirme. Pasé durmiendo casi todo el domingo. El lunes me desperté a las 7 de la mañana y llamé por teléfono a Don Félix. Mi única obsesión era recuperar la carta. Me citó en JUSFER a eso de las 9 de la mañana. Le esperé dentro y le metí una bala en la nuca.

Si no me hubiese puesto perdido de sangre seguramente me hubiese librado de esta. Pero no podía prescindir de ese traje. Era mi favorito, el de la suerte. Lo mandé limpiar a la tintorería y cuando lo fui a recoger me detuvieron. 

Poco después me juzgaron y condenaron a 4 penas de muerte. Una por cada uno de los homicidios cometidos. Algo absurdo ya que sólo me van a matar una vez. Debo confesar que el garrote me aterra. Es un collar de hierro asido a un tornillo con una bola en el extremo. Primero me inmovilizarán y luego, el verdugo girará el tornillo hasta romperme el cuello. Yo al menos no fui un sádico. 3 balas y una puñalada. No sufrieron. Me da pena las dos mujeres y el bebé que llevaba dentro una de ellas. Pero no me arrepiento lo más mínimo de las otras dos muertes. Se lo merecían. Eran carroña. Me reitero: nadie se la juega a Morris. Lo más irónico es que a pocos minutos de morir aún no sé dónde estará la carta ni la sortija que me han llevado hasta aquí. A nadie le importa ya.

Os dejo. Me vienen a buscar. Con ritmo cansino recorreré, uno tras otro, los escasos metros que me conducirán al cadalso. Ha venido gente de todas partes, pero preferiré mirarme los zapatos. Diez escalones me separan ahora del sitio donde voy a morir.

Carta encontrada en el calabozo tras la ejecución de Jarabo, el 4 de julio de 1959

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