La Chica Invisible

El otro día salí a comer con una amiga; si 2020 te ha parecido una mierda, te conviene hablar con ella. 

2020 abofeteó primero su trabajo. Como buena autónoma, ahí sigue dándolo todo, pero claro, dice, lo tecnológico no es comparable a lo humano. Antes de terminar la primera mitad del año también había firmado su divorcio y, por si te parece poco, hace ya más de un mes que su padre está hospitalizado. De Covid, sí, ¿acaso importa? Su padre saldrá de esta, como lo hará el tornillo que tiene mi amiga en su cabeza. Me dice que se lo quiere quitar, ¿cómo puede ser que yo no me hubiera dado cuenta? Pues mira, ahora como que me da pena que se lo quite, forma parte de su esencia.

Todo esto no se lo digo, ¿qué sabré yo de tornillos, imanes y golpes en la cabeza? Yo me limito a escuchar. 

Me cuenta su historia entre risas antes de acabar con la primera copa de vino.  Lo hace con tal intensidad que me traslada desde el restaurante hasta Donosti, a la terraza de un amigo, en un quinto piso. La han invitado a ver el fútbol, pero a ella no le gusta, así que se ha escabullido para hacer otras cosas (véase cocinar). Justo antes de acabar el partido sale a fumarse un piti (últimamente, observo, yo diría que fuma más). En fin, ella en la terraza, mirando por el balcón, haciendo balance del año. Qué bonita es la Concha, cómo me gusta el mar, toque de queda, los chicos se despiden, codito aquí, codazo allá, se van, etc. etc. Vamos, que dan un portazo y se la dejan fuera, del otro lado de la ventana. Mi amiga, de nuevo encerrada, sin móvil ni bolso, convertida en una chica invisible en la terraza de un colega en quién sabe qué barrio de la ciudad de San Sebastián.

No recuerda haber gritado o haber pedido ayuda. No sabe cuánto tiempo ha pasado, no le gusta llevar reloj. Respira y se asoma al balcón. Se distrae con un camión de bomberos. Espera. Viene a rescatarla. ¡A ella! Y ahora me lo explica bajando en el cestito. ¡Qué bajada! Es épica, no puedo parar de reír. Baja Julieta a falta de un Romeo que la espere (gracias a Dios). La gente aplaude, ella sonríe y alza las manos como lo hace Rocky tras una victoria (lo de saludar con la mano como la Reina de Inglaterra tampoco no le va). 


¿Y qué es la vida sino estar encerrados en nuestras miserias y ser capaces de quedarnos con una bajada triunfal?  Y digo yo, ¿cuál ha sido vuestra bajada? Sea en cesto o no, seguro que la hay. También tiene mi amiga dos moratones en las muñecas de aporrear el cristal. Hay quien lo llama experiencia. Yo lo llamo valor. Cuestión de actitud.

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